" Por qué los cabrones ríen y los honrados padecen, por qué no puedo ser libre si no hago daño a nadie". Nach Scratch

domingo, 23 de julio de 2023

"Rebelión en la granja": algo más que una reseña

 

Hace unos días me leí este clásico del visionario, o no tan visionario, George Orwell. Entendí por qué su ópera prima, "1984", tuvo su origen en la presente novela corta. Tanto a una como a otra le atribuyen cierta ideología, pero aquí un servidor que todo lo ve desde la transparencia de las lentes de sus gafas percibió varias, todas o ninguna.

Sus obras basan la política en sí misma; sean del color que sea. En Granja Animal, antes y después llamada Granja Manor, entiéndase el mensaje, Moses, el cuervo, les promete el cielo y la gloria si se someten a la voluntad del líder. En el caso de esta novela, los animales forjan su independencia y expulsan al granjero, al humano. Crearon su propio dominio: una tierra en aras de prosperidad, un himno al que llamaron "Bestias de Inglaterra", siete mandamientos en los que prevalece que todo ser que camine sobre dos pies es el enemigo y… que todos aceptaran la palabra del líder, Snowball, uno de los cerdos que conforman la cúpula de esta sociedad. Claro que había democracia, pero a los animales les parecía todo bien y sus votos siempre eran favorables. Después llegó la promesa y la colocación de la primera piedra de un molino, símbolo de la prosperidad. La cúpula adopta la vida del humano al que odiaron.

En esa cúpula, los dos supremos se disputan el poder. El cerdo llamado Napoleón se subleva contra su amigo Snowball, con la ayuda de su guardia y siervos, los perros. Napoleón asciende al poder. De nuevo les promete a los animales el cielo y la gloria; que el molino lo terminará gracias al trabajo de la comunidad, algo sagrado. Empieza a aparecer algo que chirría… en especial para los animales. Napoleón ejecuta a todo aquel que le contradiga; más tarde lo hace por mero placer; según él, para que nadie olvide a quién le deben lealtad y gratitud por la victoria de la rebelión. Ningún animal se queja, no por miedo, sino porque siguen amando a su líder. Entre cuchicheos, algunos se cuestionan la violación de uno de los mandamientos: «Ningún animal matará a otro animal». Molly, la yegua, puntualiza: «Ningún animal matará a otro animal "sin motivo"». Aquellos animales, faltos de memoria, creyeron que ese «sin motivo» cerraba ese mandamiento desde el principio. Los animales no debían cuestionarse nada. Su cometido era cumplir con el lema «yo trabajaré más duro» y terminar el molino que una y otra vez se derrumbaba por obra de los ataques de Snowball. Pero pasaba otra cosa, cuan misteriosa: mientras el rebaño de ovejas y las aves pasaban hambre a causa del racionamiento de la comida, la cúpula se saciaba de buenas carnes. Lo más siniestro, es que los animales no morían de hambre de manera literal. Esas carnes salían de los cadáveres. También le daban a la botella. ¿No decía otro mandamiento «Ningún animal beberá»? de nuevo la yegua Molly puntualizó: «Ningún animal beberá "alcohol en exceso"». Si la yegua lo decía en nombre de la cúpula, era cierto. Ese fue el mandamiento desde el principio.

¿Qué pasaba ahora? Napoleón establecía contacto con los humanos a los que odiaba… o repudió en un principio. Incluso el antigua granjero, el señor Jones, se dejó ver por allí en compañía de otros a cargo de granjas rivales como los señores Frederik y Pilkington. Ya no era la cúpula, el líder Napoleón descubrió o… afirmó, que Snowball planeó desde el principio la rebelión. Como la moneda con dos caras, en realidad conspiró contra sus semejantes en alianza con los humanos. La refriega estaba servida. Se libró una batalla más y el traidor le arrebató el trono a Napoleón. Claro, que para los animales nada cambió… en su situación. Seguían pasando las mismas penurias. Tan solo, Granja Animal de nuevo pasaba a llamarse Granja Manor, la felicidad ya no estaba en la frugalidad y el trabajo duro, sino en la adopción de las costumbres y comodidades de los humanos; se prohibido cantar "Bestias de Inglaterra" porque ya carecía de sentido y recordaba un pasado que sí o sí iban a olvidar. Snowball ahora regía en alianza con los humanos. La riqueza ante todo… la de los cerdos, claro. Para los animales, seguir bebiendo del estanque, espantarse las moscas y dormir sobre la paja era lo normal, porque ya no recordaban si previo a la rebelión tuvieron una vida mejor o peor. Morir de hambre era normal, porque no conocieron nada mejor ni peor.

Una noche tronaron las escopetas y el caballo Clover alertó del invasor o salvador que se encaminaba, látigo en mano. El cerdo Squealer encabezaba la comitiva de semejantes. Todos caminaban sobre sus patas traseras. Y al fin, como heroico salvador, vieron erguida la figura de Napoleón. «¡Cuatro patas sí y, mejor, dos patas!», coreaban. Entraron en la casa y Clover se quedó mirando la pared en la que antaño grabaran los siete mandamientos. Al anciano le fallaba la vista y más la memoria. Benjamín hizo el favor de leer. Ahora solo quedaba uno: «Todos los animales son iguales, "pero unos son más iguales que otros"».

Con Napoleón de nuevo en el poder, las relaciones con los humanos permanecieron; amén de las costumbres. El mismo líder vestía los pantalones bombachos y la chaqueta de cuero del viejo Jones. Lo que no cambió para los animales fue el trabajo duro. Bueno, algo sí: ahora se sometían a la voluntad de los látigos.

Una noche la comisión de granjeros, todos humanos, acudieron a la invitación de Napoleón. Celebraban la alianza entre granjas, el germen de un imperio. Era el momento de aunar fuerzas… la de las élites, claro. Cerdo y humano, líderes y enemigos de antaño, brindaron por la nueva era de relaciones. Napoleón de nuevo devolvió el nombre de Granja Animal a Granja Manor. Ahora se daban el tratamiento de caballeros. Tras el baño de masas, los animales se retiraron y cerdo y hombre volvieron a la partida de naipes. Clover apenas dio veinte pasos cuando volvió la cabeza alertado por la algarabía. Napoleón y Pilkington, los que hacía instantes se alagaban en el brindis, ahora peleaban. ¿El motivo? Ambos sacaron as de espadas. Clover, por mucho que alternara la vista entre cerdo y hombre, ya no diferenciaba quién era quién.

 

En este siglo XXI, dependiendo del país en el que vivas, podrás decir que los totalitarismos quedaron en la pasada centuria como un eco del pasado, pero todavía molesto, o que la historia que la rebelión en la granja, por desgracia, les es familiar. Aquí no hay bandos; aquí hay sometimiento al poder de una cúpula, de un líder. Claro que, en el amplísimo espectro entre la anarquía y la tiranía, encontramos tantos matices como ideologías y sus sistemas de gobierno. Cuanto más nos acercamos a los extremos, como el que se acerca al fuego, sentimos que nos quema. ¿Hay extremos mejores o peores? Napoleón y Pilkington, de enemigos pasaron a brindar por un futuro en alianza. El totalitarismo es totalitarismo, es poder, y da igual que opte por una corriente o por otra. Es el deseo de las élites por modelar al pueblo que es de arcilla; al pueblo que interesa, ignorante, no cuestionarse la palabra del líder. Si el líder afirma que el opositor es el enemigo, es el enemigo. Si el líder y el opositor brindan, el pueblo vitorea. Me llama la atención ese narcisismo propio en la política: «vamos a ganar las elecciones», «somos la alternativa a la oposición», «yo soy vuestro líder que va a sacar adelante el país y a sus ciudadanos» … pero unos ciudadanos son más iguales que otros. Su congregación vitorea y escupe al opositor, porque claro, no saben que fuera de ese circo, de las risas en cortes, congresos y parlamentos, amigo y enemigo se toman unas copas y se ríen, precisamente, de los ciudadanos. Como el brindis de Napoleón y Pilkington. ¡Oye! Y que a alguien se le ocurra cuestionar. Imaginad a los votantes sentados en sillas como niños buenos en sus respectivas aulas. A ver quién es el valiente que se levanta. Por eso a un japonés anónimo se le ocurrió magistral proverbio: «El clavo que sobresale siempre recibe un martillazo». Esa será la excepción que aflore de un pensamiento independiente. Si la gente piensa por sí misma, el político no come. Por lo general, esos niños buenos llevan gafas y lo ven todo en función del color de los cristales. Antaño fueron figuras de barro que ya modelaron. ¿No guarda similitudes con el fanatismo religioso y las sectas? ¿De dónde viene si no, la palabra «sectarismo»?

Así percibimos la política los de fuera, los de gafas con lentes transparentes. En una campaña más, nosotros vemos riñas y, con frecuencia, faltas de respeto entre políticos que debieran dar ejemplo a la ciudadanía a la que se dirigen. Los fans de Juego de Tronos no encontrarán demasiadas diferencias: tan solo cambiar el Trono de Hierro por el escaño. La competición es casi la misma. Por suerte, los políticos no se matan los unos a los otros… por suerte, en la mayoría de países. Desde la transparencia, no vemos toda la política como algo aborrecible ni que todos políticos sean detestables. Hay que reconocer matices y no caer en ese mandamiento de Granja Animal: «Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo». No hay que caer en las generalizaciones. Como en la justicia ciega, un político y sus esbirros durante un mandato, aportará beneficios al pueblo que, digamos representa, y también perjuicios, sean menos o más, que su narcisismo le impedirá reconocer. Si dimiten, lo harán con la boca pequeña y siempre quedarán como víctimas de alguna estratagema.

Y debajo de los estamentos, como si viviéramos aún en el Antiguo Régimen, pero con otro cariz, modernizado, está Juan. Este buen hombre el domingo por la mañana se pone el chándal y, aprovechando que baja al perro compra el pan. Aún le queda tiempo para lavar el coche. ¿Nos vemos reflejados? En Juan o Juana, cualquier persona de barrio que se mata a trabajar para pagar las facturas, para que los cerdos de la cúpula vivan como merecen. Si Juan se presentara a elecciones, contaría con mi voto. Juan es quien en verdad nos representa.

Empezamos hablando de animales. Entre amistades y familiares, en confianza, revelamos a quién votamos. No sabemos si lo tendrán en cuenta las encuestas, pero percibo que está proliferando la alergia a la política. Pero si no votamos, después no tenemos derecho a quejarnos. Cada vez somos más los que votamos al partido de los animales. Ya sabemos que no van a gobernar, por eso los elegimos y… porque amamos a los animales, empezando por los de esta granja.

Hasta dentro de siete días, amigos.

miércoles, 19 de julio de 2023

23J, la fiesta de la democracia... otra vez

 

Juan reservó un hotel en Chipiona con antelación; en febrero. Él, tan previsor, por esas fechas pidió en el trabajo la segunda quincena de julio: del viernes 21 al miércoles 26 de julio. Quería disfrutar con su familia la Oleada de Santiago y Santa Ana. El alojamiento no le salió barato, pero para una vez al año y dos semanas de vacaciones en verano, para eso ahorró. Le importaba más desconectar del día a día y disfrutar junto a su mujer e hijo.

El sábado 22 de julio ya tenía las maletas hechas. Esa noche apenas pudo pegar ojo, pensando en su maldita suerte. Le invitaron a un fiesta: la fiesta de la democracia… otra vez. En la nota de invitación decía: «presidente de mesa», otra vez. Si tuviera la misma dicha con el Sorteo de Navidad…. Pero muy a su pesar, Juan prefería renunciar y pasar la estancia en Chipiona. Ni tenía derecho a cancelación. Ya alegó renuncia la vez anterior porque uno de los requisitos para ocupar tan honorífico cargo es tener estudios superiores: bachillerato o ciclo formativo de grado superior. Él se sacó la ESO para adultos hacía ya… revisó otras excusas como la distancia entre Chipiona y Córdoba, pero por los pelos. Google Maps marcaba 245 km y el límite lo puso la JEZ en 250. A principios de junio, recién convocadas las elecciones, por un momento sintió alivio —mientras se ponía en el supuesto de que le tocara mesa electoral—, porque él reservó muchísimo antes del 30 de mayo. Pero a finales de mes ese ya no era un requisito, ni tampoco el perjuicio, ya no económico, sino personal. Ahora esto, ahora lo otro; ahora sí, ahora no. Lo de siempre.

«O vas a la fiesta o a la cárcel, tú eliges», pensó como si una vocecilla jocosa le hablara dentro de su cabeza.

Antes de las 8:00 tenía que estar en el colegio electoral. No le daría tiempo a parar por casa y descargar el equipaje; bastante temprano tenían que levantarse de por sí. Le echó tres horas de viaje, sin pararse a desayunar, ya lo tenían todo recogido de la tarde anterior, así que sonó el despertador a las cuatro de la mañana. Menos mal que en recepción había alguien de guardia para entregar las llaves de la habitación. El pobre estaba echando una cabezada, pero más lo sintió por esa familia. Se disculpó, como si fuera en nombre del hotel, por no devolverle el dinero. Le ofrecieron la posibilidad de regresar y apurar sus días, pero sería que Juan y su mujer ya no atendían a razones, que el cabreo les hizo pasar de todo.

Al salir, claro era plena noche. No es se escuchaba más que el rugido de las olas y algún grillo. Arrancaron el coche, Juan cerró de un portazo, y tiraron para Córdoba. Ninguno de los tres habló en todo el trayecto. El sol que comenzó a asomar por Utrera desveló las caras largas de Juan, María y su hijo.

Llegaron a las 7:30 a la puerta de casa. Menos mal que encontraron aparcamiento; claro, muchos estaban de vacaciones e incluso ya votaron por correo. María y el niño subieron el equipaje y Juan tiró como una flecha al colegio electoral. Fue el primero en llegar. Bueno, a los dos minutos hizo acto de presencia el segundo. Otro que renunció a su retiro vacacional. Este hombre aparcó justo enfrente de la puerta. Venía de su apartamento en Torremolinos. La funcionaria se asomaba de vez en cuando y se echaba las manos a la cabeza: eran menos cuarto y no había más que tres. Juan y el de Torremolinos charlaron para amenizar la recepción de la fiesta y, sobre todo, desahogarse.

—¡Qué cárcel, ni cárcel! —carcajeó el hombre, para asombro de Juan—. Ya es la séptima vez que me toca y aquí se rumorea que luego no te pasa nada. Si acaso una multa… si acaso —recalcó.

Dieron las 8:00 pero esperaron unos minutos de cortesía hacia los rezagados. Se acabó el tiempo. A los suplentes les tocó. Como bien sabía Juan, allí ni pasaban lista ni les requerían el teléfono de contacto a los suplentes. Estos afortunados, o no porque se iban a perder la fiesta, para casa una vez constituyeron las mesas.

Juan no hacía más que añorar esas playas de Chipiona y esos boquerones de Cádiz con una rubia fresquita que se habría tomado en torno al mediodía en Los Pacos 2. Pero bueno, la fiesta se animaba y tampoco se estaba tan mal con su aire acondicionado. Aunque no comiera en el chiringuito, pero el bocata de mortadela y la lata de Sevenup, era pasable. De vez en cuando salía a la puerta a respirar algo de aire puro, aunque, a partir de las 12:00, eso era fuego en estado gaseoso.

Aunó esfuerzos e invocó al zen para pedirle ayuda y hacer de tripas corazón. Seguir lamentándose no le iba a devolver el dinero del hotel ni las ganas de pegarse otros 245 km de vuelta para unas vacaciones ya chafadas. La semana próxima irían a la piscina de la parcela de su cuñado y ya está.

La fiesta se hizo eterna; gente votando… no tenía mayor misterio. En un momentillo, Juan votó al Partido Perolista Perolero; ese mismo, si total, tampoco quería votar en blanco y, si no lo hacía, no tenía derecho a quejarse de los políticos. Los demás tampoco se lo tomaron muy en serio o votaron por correo. Entre el mediodía y las siete de la tarde allí no fue ni el tato. Una de las vocales se entretenía jugando a la granja y la otra chateaba por al WhatsApp.

Llegaron las 20:00 y se cerraron los colegios electorales, para los votantes, claro. Él presi y las dos vocales se lo pasaron pipa ultimando el escrutinio. Desde hacía rato ya se informaron por el móvil: ningún partido consiguió mayoría absoluta. El marcador quedó muy igualado.

Al filo de la medianoche Juan llegó a su casa con los ojos como chupes. Qué cena le iba a entrar. Se puso el pijama y se acostó. Su mujer sí se quedó a ver a los políticos exhibiendo falsas sonrisas, e incluso hablando de victorias, frente a los atriles a rebosar de micrófonos, desde sus respectivas sedes. Acabó un episodio más de Juego de Escaños, aunque gracias a Dios, no la temporada.

Pasaron la semanas y se sorprendería, pero se veía venir. Por la tele echaron más debates, más riñas en el Congreso —insultos y graves faltas de respeto no faltaron— y conatos de acuerdo. Tuvieron que convocar nuevas elecciones. Oootra vez la campaña electoral. Un buen día de otoño, próximo a Halloween, llegaron las terroríficas facturas, los recibos del alquiler, de la comunidad y… la invitación a la próxima fiesta. Esta vez le tocó 2º suplente de vocal. ¿Sabéis lo que hizo Juan? Ya se lo tomaba a risa. Se fue a una administración de lotería y compró un décimo para el Sorteo de Navidad. Si le tocaba el gordo, contribuiría a su país para ayudar a pagar el multazo que les metió Europa por no formar gobierno con los primeros comicios... otra vez.  

domingo, 16 de julio de 2023

Crimen y biología

 


«Las armas en sí mismas no son peligrosas, sino las mentes de quiénes las empuñan».

 

El pasado 16 de abril terminé el manuscrito/borrador del segundo libro de la trilogía «En el nombre de Arcadia». Esta frase la dice un personaje en un contexto que casa con el título de la reflexión que nos ocupa.

Tendemos a sociabilizarlo todo y por ello a menudo desatendemos el componente biológico. Nos hemos malacostumbrado a ver día sí día también la crónica negra; más bien, nos hemos malacostumbrado a normalizar el crimen. Desde que los seres humanos surgimos en un rincón de África —la llamada Cuna de la Vida— es más que notorio el progreso en todos los ámbitos, hasta el punto de abrazar la artificialidad. Pero ¿en el crimen? Aquellas tribus prehistóricas ya rivalizaban entre sí; el que mataba ganaba. La ley del más fuerte. Aún muy parecidos a los animales, nuestros ancestros se guiaban por el instinto más primario: protegían su territorio, competían por la caza y poco después llegaron las sociedades con el temido poderoso en la cúspide.

En la actualidad, vemos la criminalidad como insensibles cifras, estadística, índices de criminalidad. Y eso está bien: observarlo en visión de conjunto. Pero poco se atiende a la mente del asesino; en nuestro cerebro reptiliano, esa fuente de rabia, heredera de nuestra condición animal. En el límite entre la cordura y el instinto encontramos la respuesta. No hablamos de “instinto asesino” porque sí.

Quiero resaltar tres casos que tienen algo en común. Aunque más quiero rendir homenaje a estas víctimas, de criminales o un dogma establecido, que afirma que la criminalidad es cuestión de estadísticas y no de neuropsicología.

El primero acaeció en Jerez de la Frontera. Un individuo salió de su casa y saltó los escalones de tres en tres. Este detalle, que los medios, muy cucos ellos, no contaron y por el motivo que destacamos, es relevante. Al salir del portal, el sujeto tropezó con la correa del perro que paseaba una niña de 12 años. Fue un traspié, ni siquiera llegó a casarse. Pero algo desencadenó en la mente de este recurrente (17 antecedentes y algunos por maltrato animal). Se ensañó con el perrito. No bastaron las patadas; remató al animalito con pisotones en la cabeza y en el pescuezo. En ese momento, testigos ya avisaron a la policía. Os podéis imaginar el estado de ansiedad en el que terminó la niña. Imaginadla con el perrito en brazos de vuelta a su casa.

Declaró su madre que días después, que su pequeña aún veía sus manos manchadas de sangre. ¿Y el criminal? Se le atribuyó un delito de maltrato animal y lo dejaron en libertad menos mal que con cargos). Es curioso: escribo esto con Boby al lado. No me deja porque requiere atención y que le rasque la panza. Incluso me ladra. A los que tenemos mascotas y todos los que sienten más que afecto por los animales, nos afecta mucho más. Siento contarlo con esta crudeza, pero debe ser así para reaccionar, para dejar de normalizar el crimen.

No salimos de la provincia de Cádiz. El siguiente suceso ocurrió en Chipiona. Paco Naval era jugador del equipo local. Pasaba la noche del sábado tomando algo en un bar con sus amigos. Al salir, se le acercó un individuo, muy simpático y a la vez siniestro, ya que le dijo que tenía buen cuerpo y que era muy guapo. Lo abrazó ante la estupefacción de los presentes. El sujeto sacó un cuchillo de grandes dimensiones y le asestó una puñalada en el tórax.

Trasladaron de urgencia al herido al hospital de Jerez y después al comarcal de Sanlúcar de Barrameda. Ante la gravedad de las lesiones, lo derivaron en helicóptero al Puerta del Mar de Cádiz. Allí, este joven de 24 años que salió con sus amigos terminó sus días. Dejó mujer e hija de tres años. A su hermana…

El asesino regresó a su casa. El padre lo sorprendió limpiando el cuchillo con disolvente. Horrorizado, le exclamó «Qué había hecho». Su hijo le respondió «Quería saber lo que se sentía al cortar músculos y tendones». Los medios parece que cambiaron este detalle y lo dejaron como «Quería saber lo que se sentía al matar». ¿Veis lo importantes que son los detalles y cómo los medios juegan con esto? ¿Por qué editaron las noticias y eliminaron esa respuesta sin sentido? Lo sabemos, ¿verdad?

Su padre se llevó al hijo al cuartel de la Guardia Civil. Él, como si nada, dijo «Vale, vamos». Aunque en el interrogatorio ya se apagó esa simpatía, pues se acogió a su derecho a no declarar. El agresor fue puesto en prisión provisional sin fianza en Puerto II. Pero según declaró su padre, afligido por lo sucedido y queriendo que él fuera Paco Naval, con anterioridad su hijo protagonizó agresiones a su madre y hermana de 17 años. Ante los episodios violentos, acudió a los servicios sanitarios, pero los profesionales de la salud mental no vieron motivos para internarlo.

El siguiente y tercer caso ocurrió en Pravia (Asturias). Dámaso Guillén escoltaba a un pelotón de chavales —niños, más bien— que disfrutaban de una marcha ciclista. Poco antes, un individuo , hacha en mano, robó un coche. Se saltó un control previo a dicha marcha. Dámaso Guillén, motorista de la Guardia Civil, vio el vehículo venir hacia él a gran velocidad. No podía hacer nada. El reglamento a los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado es tajante ante el empleo del arma; ni siquiera en situaciones como la presente, en las que la vida este agente y las de los niños se ve amenazada. Dámaso Guillén escudó a las criaturas. Se posicionó entre sus protegidos y el delincuente. Divino escudo que antepuso su vida a la de los pequeños y que evitó una tragedia mayor. El coche embistió y este guardiacivil, no murió —como dicen lo medios en estos casos—, fue asesinado por un tipo con 10 antecedentes. ¡Cómo no!, se acogió a su derecho a no declarar y fue puesto en prisión provisional sin fianza.

Dámaso Guillén, de 48 años, fue despedido con honores por compañeros, familiares y amigos; como un héroe, en su natal Bailén (Jaén).

 

Seré muy sensible por el hecho de que estas noticias —de muchas y diarias— me afecten y empatice con las víctimas; con los que se van y con los que se quedan con vidas rotas, muertos en vida. Debo de ser muy malo si me decanto más por el dolor de los que pierden que por las condenas de los asesinos.

Hasta hace poco decíamos que nos podía pasar cualquier cosa, porque no vivimos protegidos en burbujas. Que podíamos cruzar la calle y atropellarnos un autobús. Ahora no es un autobús o un camión…

En Islandia la criminalidad es algo que no va con ellos. Allí la policía va desarmada. Dicen que el secreto está en el alto nivel de civilización y bienestar del pueblo. En El Salvador, el presidente Nayib Armando Bukele ha aplastado la criminalidad; ha reducido el índice a 0. Pero ya no hablemos de que, en las condenas, sean menos o más duras, está la clave. ¿De qué sirven diez, diecisiete visitas al calabozo?

Yo también acudía cada viernes a la cita con Pedro García Aguado en su programa Hermano Mayor. Hubo algún caso de recaída, incluso con final trágico. Otra se hizo famosa y acabó de tertuliana en los programas del ramo. Pero a la mayoría de aquellos descarriados, las pruebas en las que se basaba este programa surtían efecto; les cambiaba la vida. Contaban con una psicóloga: Sònia Cervantes. Ahí está la clave: ahondar en la psique del criminal o el violento y cambiar su mentalidad. Eso supondría admitir que la naturaleza del crimen es de interés, es campo de estudio ya no solo de la psicología, sino de la neuropsicología. No podemos obviar el aspecto biológico; cómo el cerebro determina nuestra conducta.

¿Por qué esto no interesa? No vamos a señalar o discriminar ni al bueno ni al malo si tenemos verdadero sentido crítico. Solo los que legislan pueden tomar cartas en el asunto, pero…

Hasta dentro de siete días, amigos.

domingo, 9 de julio de 2023

Una nueva etapa; una nueva vida para mí, para vosotros y para el blog

 


Han pasado treces años, la friolera de trece años desde que viera en el cine "Julie & Julia": una peli que comienza con un blog de cocina, cuan éxito tiene, que termina por hacer famosa a su bloguera, por recopilar las recetas que diariamente compartía en un libro. Tengo pendiente volver a ver esa gran película. Uno siempre tiene esa gran biblioteca y enciclopedia que conforma el universo Google. Acabo de descubrir que el guion fue el último escrito por Nora Ephron. La película se inspiró en el caso real de la bloguera y escritora Julie Powell, también fallecida aunque el Día de Todos los Santos de 2021.

Al salir del cine, yo, que desde niño era "culo veo, culo deseo", indagué aquí en Blogger y terminé creando el que estáis leyendo. Corría el 2010 y yo era un chaval de 21 años con la mente de un adolescente. No tenéis más que ver la primera entrada, "Sobre mí", cuya foto en plan "qué pasa, tronco", he querido dejar como recuerdo de aquella época, de aquella etapa como todas las que conforman nuestras vidas. El texto de presentación no tiene desperdicio. 

Ya no soy el mismo, es evidente. He revisado todas las entradas (con las respectivas correcciones ortográficas, gramaticales y de estilo). Algunas las he dejado y otras las he eliminado. Como ese chaval que era, de cara a la imagen que tomará este blog, mi forma de expresarme ya no no procede. Me arrepiento, de hecho, por haberme dejado llevar por emociones muy negativas y, por tanto, por dejarme llevar, ofender y dañar a personas que no se lo merecían. Se me pasó por la cabeza incluso borrar este blog. 

A la par de mi afición (no quiero llamarme, ni me considero escritor) por la literatura, me desahogaba ante el mundo, con todo lo que nos descoloca, nos agrada también o nos cabrea; por qué no decirlo. A mis contactos de Facebook los tendría fritos con los tochos que escribía para comentar esas noticias random. En adelante compartiré esas reflexiones aquí... y espero conocer las vuestras; al menos leer vuestros comentarios. Hablo de reflexiones mientras escucho "Shine on you crazy diamond (Part 1)" de Pink Floyd. Como milenario, me gustan más las reflexiones de Iker Jiménez al cierre de Cuarto Milenio que el contenido del propio programa. Y eso que me apasiona el misterio. ¿Queréis conocerme a fondo? Si conocéis al Iker más humano, el que muestra su alma a través de sus reflexiones, tened por seguro que compartimos muchísimo: la visión del mundo; las mismas preguntas; ese misterio más allá de los espíritus y los ovnis. Ambos pensamos que Cuarto Milenio no da más miedo que ver el noticiario. Tanto Iker como yo, en alusión a las reflexiones, encontramos inspiración y rendimos nuestro homenaje a Jesús Quintero. Ver "El Loco de la Colina" o "Los Ratones Coloraos", siempre formará parte de una etapa de mi vida; de una influencia. Gracias a él, al Risitas, al Cuñao, en ese lugar en el que descansan sabiendo que dejaron huella en muchísimas personas entre las que me incluyo, como recalco. Imagino que desde ese lugar, desde las alturas, leen este reconocimiento. 

Y a vosotros... He aprendido tantísimo de las personas que no solo tengo en mi vida y de aquellos anónimos a los que les respondes o lees sus comentarios en las redes. En cuanto a la etapa de este blog que se cierra, a veces escribía entradas para mis amistades, pero mayormente vaciaba mis propias reflexiones y de vez en cuando soltaba algún relato. Hoy no sabría qué escribir, escribir no tendría sentido, si no encontrara inspiración en vosotros... en lo que pasa en el mundo, en esas historias que no deberían quedar solo en las noticias. Lo dije en "Sobre mí" hace trece años y lo mantengo: Quiero dar voz, quiero que las palabras sirvan para arrancar una sonrisa, para inflamar un corazón; una inflamación que es recíproca. Me gustaría que me hicierais llegar esa parte de vuestras almas que volcáis en un texto; ese desahogo que todos necesitamos. Me gustaría dar a conocer, desde vuestra humildad, vuestras hazañas. Pongo de relieve el ejemplo que veo y que me dan mis amigas, a las cuales les digo que son superheroínas. Ellas no derrotan villanos ni tienen capas para volar; ellas nunca paran; te sacan adelante todo, hasta el tiempo. Para ellas el día tiene 25 horas o más. Rara vez se sientan a descansar o a comer tranquilas. Y a pesar de tales hazañas que con creces superan a Superwoman o Xena, la Princesa Guerrera, se sienten como unas más y creen que cumplen con unas obligaciones. Es más, cuando necesitan desahogarse, dicen que hay personas que pasan por momentos mucho más difíciles. Les digo que es verdad, pero eso no les resta mérito. Ellas son unas más de las muchísimas personas en este mundo que hacen grandes cosas... desde el anonimato. Por eso se merecen la oportunidad de enseñar con su ejemplo, con todo lo que tienen que decir por lo aprendido en vidas difíciles. 

En definitiva, por no alargarme más, ya no somos los mismos.

Como diría Iker al cierre de sus reflexiones, "Hasta dentro de siete días, amigos".