" Por qué los cabrones ríen y los honrados padecen, por qué no puedo ser libre si no hago daño a nadie". Nach Scratch

domingo, 13 de agosto de 2023

Gran Hermano (el de la vida real)

 


Uno de los atractivos que tiene 1984 de George Orwell, como en toda buena obra de ciencia ficción que se precie, es la imaginación. La vida —privada, tan íntima como la imagen ilustra la presente reflexión— de aquellas gentes de Oceanía, quedaba supeditada a un dios: el Gran Hermano; el ojo que todo lo ve. La novela nos narra desde la perspectiva de su protagonista, Winston, cómo cualquier ciudadano interactúa y es controlado por el Estado. Por ley, todas las viviendas deben contar con pantallas de televisión en las que aparece una chica que obliga a hacer gimnasia y, alguien más, observa cada aspecto de la vida de los ciudadanos. También por ley, nadie puede estar a solas, no sea que piense por su cuenta, se exprese y ello comprometa la imagen del Gran Hermano. Pobre de aquel que, incluso hablando en sueños, injurie contra el sistema establecido. En 1984 aprendemos que sin control no hay poder. A finales de los 90 alguien se inspiró en este Gran Hermano de Orwell y creó el famoso "reality show". Si os gusta GH, ya sabéis este dato.

En la introducción de la obra, impresa en el mismo libro, se dice que ha sido un referente para los gobiernos; precisamente, para no incurrir en los errores o atrocidades que evidenciaba el visionario autor. O eso creía hasta el 3 de febrero de este 2023. Se hizo viral el titular: «"1984", "El Señor de los Anillos" de Tolkien y las obras se Shakespeare, en el punto de mira del Gobierno británico». La lista, con otros libros como "El guardián entre el centeno", películas y series, no terminaba aquí. Hablamos de la lista denominada por la Unidad de Investigación, Información y Comunicación (RICU) a través del programa «Prevent», como «banderas rojas». Argumentaban que estas obras suponían una amenaza para la seguridad nacional, ya que su influencia podría llevar a la radicalización y, en consecuencia, aparición de organizaciones criminales. Ya no basta con leer la obra de C.S. Lewis; ver en familia las películas de este clásico infantil como son "Las crónicas de Narnia", podría incurrir en una investigación y la irrupción en tu domicilio de un destacamento de los SWAT, con los helicópteros de las Fuerzas Aéreas sobrevolando tu azotea. Por contrapartida, la quema de este material —quema de libros, como en la Inquisición y en los conocidos estados e imperios totalitarios—, se reconocerá como una señal de protesta y despejará toda sospecha por el simple hecho de mostrarte partidario a los dogmas gubernamentales. Vamos, una de las muchas caras que tiene la censura. Y hemos visto que no exclusiva de unos o de otros.

Por ello, un servidor prefiere pensar por sí mismo frente a lo establecido por el líder político, sectario o religioso (y lo digo siendo católico. La diferencia es que creo porque así lo considero, no porque nadie me haya "convencido"). Desde mi neutralidad, después de leer los dos clásicos de Orwell, veo que también en la realidad todo se reduce a «control=poder». No voy a extenderme con la idea de estatismo. Como dijo Iker en una de sus reflexiones de esta temporada: «Habrá a quien prefiera que le digan lo que tienen que hacer o pensar; a mí no». Pienso, y sé que muchos vosotros también, que los excesos —los extremos— nunca son la mejor opción. La ausencia de control conllevaría el caos y demasiado control a la tiranía. Apelo por el equilibrio, el sentido común. Algún día espero descubrir el misterio: por qué la sensatez y la política están reñidas. Hasta entonces, continuaré desahogándome mediante estas letras y terminaré de explayarme en los libros. En mis libros, en especial "En el nombre de Arcadia", me gusta incluir y resaltar estos temas en la trama, en la historia de los personajes. «A Mengano le robaron el coche, cogieron al culpable, pero lo soltaron por insolvente». Para que el lector o lectora piense: «¡Anda! Pues lo que le pasó a mi vecino el del tercero, aunque a él le entraron a robar en casa. O a mí que dieron un tirón del bolso, lo cogieron, pero también lo declararon insolvente. Y encima la denunciada fui yo porque le eché espray pimienta». No me dedicaría a escribir si no trasmitiera emoción, empatía, ¡que los lectores piensen por sí mismos y reflexionen! Por eso digo que, con mi último libro, más allá de una sucesión de páginas y una historia entretenida, cobraría sentido si formamos una comunidad. Que Mengana, la del tirón y el espray, dé a conocer su historia y en esta se vea reflejado Juanito, al que le robaron el coche. Y a su vez, todos puedan compartir sus opiniones o experiencias. Por poner otro ejemplo, alguien que pasa por una situación complicada, puede sentir alivio al conocer la historia de superación de otra persona. Esas dos personas pueden ayudarse. ¡Ese es el sentido de comunidad! Vivimos en la era de internet; las RR.SS. Obras como 1984, denuncian que un pueblo dividido es susceptible al control del líder de turno; porque nadie puede pensar por sí mismo; nadie puede comunicarse con nadie, aprender los unos de los otros. Por eso para los poderosos estas obras suponen una amenaza. Sigamos con el tema del control.

En mi Arcadia un personaje aprendió el oficio de herrero y se gana la vida vendiendo lo que forja. En la vida real incurriría en un delito. Pongo mi experiencia: yo escribo por vocación, no con afán de lucro. Aparte, mi otra destreza es el dibujo; en especial las acuarelas. Cuando publiqué "En busca de su encuentro", ya cumplí mi sueño al, precisamente, publicar un libro. Ahora mi sueño es poder trabajar de lo que me gusta. Pero lo veo como algo lejano y casi inalcanzable. No porque venda poco, sino por el control a nivel estatal. Yo no puedo vender por mi cuenta. Reconozco que promociono el libro con un ojo cerrado y el otro abierto. Los que habéis dado historia en clase, conoceréis la figura de aquellos mecenas de la Edad Media y el Renacimiento. En la actualidad se le conoce como crowdfunding (micromecenazgo). Para los que no sepáis qué es: hay plataformas en las que expones tu idea, como publicar un libro, y a quien le interese, aporta una cantidad de dinero. A cambio se le suele ofrecer alguna recompensa como una edición especial, productos de merchandising e incluso una cita (una cena con un cantante, por ejemplo). Si tú haces eso, das a entender al Estado que tienes una actividad económica, ergo darte de alta como autónomo y pagar religiosamente hasta el IVA (y no bromeo) por esa cena que ofrece el cantante. Con lo bonito que sería dedicar tus conocimientos a lo que en verdad te interesa, como escribir y pintar. Si no puedes permitirte los honorarios de un asesor fiscal, tienes que aprender acerca de IRPF, facturación, modelo 346, IAE, etc., etc., a no ser que quieras pagar la sanción que te corresponda o conocer de primera mano el hotel «A la sombra» o el «Entrerrejas». Pero si ganas 100€ al mes y tienes que pagar 290€ de cuota a la Seguridad Social, ¿tengo que ponerlo de mi bolsillo? Se argumenta que contribuimos al mantenimiento de la sanidad, la educación…, el estado de bienestar, en definitiva. Yo creo que sería más justo y equitativo contribuir en función de un porcentaje: de esos 100€ pagas el 20%, por ejemplo. Nos gusta que nos hablen claro, no que nos traten como a críos de cinco años. En un programa de tertulia salió este tema y alguien respondió: «Es el que Estado, endeudado hasta las trancas, necesita toneladas de dinero». Yo creo que la solidaridad es algo que debe proponerse, no imponerse. Cuando hablamos de contribuir para el pago de las pensiones y ayudas sociales, en verdad, nos referimos a las retenciones de esos beneficiarios (o así debería de ser en la teoría); es preferible a costear… lo que ya sabemos.

Informándome sobre estos asuntos, lo que hago desde hace años debido a mis sospechosa y delictiva actividad como escritor y dibujante, me llamó la atención un artículo. Hablaba en plata, como nos gusta: «Para unos, Pepito, que ya tira cañas junto con la tapa de bravas, va a ser el clásico explotador en potencia. Para otros, es un mindundi que ha montado un bar». Así ven los de arriba a los emprendedores. Que son comerciantes, no es que tengan cuentas en Suiza. Y gran parte de la opinión pública también, fieles a los dogmas de su líder.

El otro día, leyendo acerca de esto en una publicación de la escritora y emprendedora Ana González Luque, uno será muy sensible, pero un comentario me partió el corazón. Sentí muchísima pena e impotencia, después de esa factura que acabamos de leer. Cito textualmente y sacad vuestras propias conclusiones:

 

«Fer el 30 mayo, 2023 a las 11:21 pm:

Hola, Ana. Gracias por tu blog. Soy profesor de un instituto público y llevo unos ocho meses publicando libros en Amazon. Al principio pensé que no iba a vender casi, pero con los meses he ido ingresando dinero, una media de ciento y pico euros. Pregunté a un par de abogados y en un sindicato cómo tendría que declarar el dinero y me dijeron que los declarara como rendimientos del trabajo, pero que no hacía falta darme de alta en autónomos porque mis rendimientos eran muy inferiores al salario mínimo interprofesional. Y me lo dijeron dos abogados distintos y también el abogado de un sindicato, así que no volví a pensar en el tema. Pero ayer leí este blog y alguna otra información por internet, y he decidido cancelar mis publicaciones porque no quiero complicaciones. Quizás me debería haber dado de alta en autónomos, y de haber leído este blog lo habría hecho, pero me informaron de otra manera. Es una pena, porque me gusta mucho escribir, pero estas complicaciones de papeleo me han quitado las ganas. A partir de ahora ya no voy a publicar y, por lo tanto, no voy a ganar dinero con los libros (aunque Amazon tarda dos meses en pagar, con lo cual seguiré teniendo ingresos en junio y julio). Si siguiera vendiendo libros, me daría de alta sin duda, después de leer tu blog, pero no sé si ya tiene sentido, puesto que no voy a seguir vendiendo. ¿Qué opinas? ¿Qué harías en mi lugar? Evidentemente pienso declarar todo el dinero en la declaración de la renta. Muchas gracias.

 

Ana González Duque el 2 junio, 2023 a las 9:28 am:

Yo creo que ciento y pocos euros no te van a dar problemas con Hacienda. Existe jurisprudencia en la que se ha desestimado pagar autónomos si los rendimientos estaban por debajo de la cuota (ojo, no del SMI). Si te gusta escribir y has conseguido ciento y pico con tu primer libro al mes, seguro que con el tiempo ingresarás más. ¿Qué haría yo? El primer año de autónomos la cuota es reducida. Yo seguiría escribiendo y publicando a pesar de tener que pagar la cuota, creo que te compensará. Yo lo hice mientras trabajaba como médico».

 

Qué pena no poder desarrollar tu talento, dedicarte a lo que te gusta. Lo sentí muchísimo al imaginar que este hombre tuviera que renunciar a su pasión porque no se pudiera permitir pagar la cuota de la S.S.; que no baste con declarar los ingresos y contribuir en función a estos. Cuando el abuelo reparte entre su familia la paga de diciembre, hasta eso hay que declararlo. Y si recibes, aunque sea 1€ al mes porque te salen algunas clientas para la pedicura, se te aplica el principio de habitualidad y a pagar la cuota y, recalco, de tu bolsillo.

Me gusta escribir terror y ya expliqué por qué en el dominical anterior. Aunque considerar que vigilan todos nuestros movimientos —desde bancarios hasta lo que buscas en Google—, reconozco que eso me da más miedo que los fantasmas o los extraterrestres. Pero bueno, como aconsejaba Ana González Duque, por unos cientos de euros no vas a llamar la atención. Por una entrada como la presente tampoco. Es mejor que siga siendo un mindundi más al que nadie lee. Como no influyo en nadie, uno puede hablar sin tapujos, sin miedo al control. Quien me lea bien y quien no, pues nada. Me desahogo y con eso me basta. Siento la verborrea, pero lo hago a posta. Esa es la esencia de estas reflexiones porque no me dirijo a un ministro, sino a ti. Y nunca olvidéis que control=poder y que 2+2=5.

Hasta dentro de siete días, amigos.

domingo, 6 de agosto de 2023

¿Los extraterrestres existen? No podemos negarlo, pues no lo sabemos

 

"La Incredulidad de santo Tomás". Caravaggio (1602).

Existen y han existido. Extraterrestre significa «fuera de la Tierra». Neil Armstrong, antes de subir al Apolo 11 el 20 de julio de 1969 era un hombre terrestre, como todos los habitantes de este planeta. Cuando pisó la Luna lo hizo como hombre extraterrestre porque estaba fuera de la Tierra. Con esta introducción quiero recalcar cómo podemos darle la vuelta a un asunto para llevárnoslo a nuestro terreno.

Muchos conoceréis el revuelo que se ha formado a raíz de la comparecencia en el Capitolio del exmilitar —hablamos del que fuera mayor de Inteligencia de las Fuerzas Aéreas de EE. UU.— David Grusch. Afirmaba bajo juramento que participó en el descubrimiento de aeronaves de tecnología desconocida. En su interior se hallaron restos biológicos, también, de origen no humano. No acababa aquí, pues añadía que el Gobierno conspiraba con un plan para la recuperación de ovnis y seres de origen no humano presentes en nuestro planeta. Si esto no fuera suficiente, revelaba información clasificada hasta ahora: colaboraciones en 1933 con la Italia de Mussolini, el Vaticano y la organización Cinco Ojos. Hablamos de una época en la que comenzó a surgir el fenómeno de la ufología. Por entonces, aconteció el llamado «Incidente ovni de Roswell». Por estas declaraciones, realizadas con anterioridad en medios de comunicación, denunció amenazas. Y si ellos te señalan como un snitch (soplón), hay que tomárselo en serio.

Como se esperaba, esos congresistas de la Cámara de Representantes negaron cualquier evidencia de vida extraterrestre y menos la implicación en programas gubernamentales secretos. Aunque la seriedad se intuía aparente. Algunos y algunas, no pudieron contener el amago de carcajada. Un congresista bromeaba al decir que era la sesión más interesante de todas y otro se refería a hombrecillos verdes. Es normal, ¿no? Lo que no podemos ver, no existe y nos lo tomamos a broma. Hablemos de aliens, ovnis, fantasmas, Dios. Esto quedó en evidencia durante la pandemia: «Como el virus es invisible, no existe». Fue el germen, y nunca mejor dicho, de las teorías conspirativas que le sucedieron como reducción de la población mundial, control mediante los confinamientos, un negocio para las farmacéuticas, etc. ¡Oiga! Cada cual pensará y creerá en lo que quiera. Como diría el coronel Pedro Baños: «Vaya siempre por delante la libertad de expresión». Que te la respeten o no, eso ya es otra cosa.

Continuando con el ejemplo extraterrestre, según mi opinión y en lo que me he interesado hasta la fecha, creo que lo más sensato es decir que no lo sabemos. Indagando a raíz del caso de David Grusch, di con la falacia conocida como «llamada a la ignorancia». Os pondré un ejemplo: como en casa no me he encontrado ninguna cucaracha, como no las he visto, puedo firmar un certificado testificando que no tengo cucarachas en casa. ¿Seguro? A lo mejor te levantas una noche al baño y te llevas una desagradable sorpresa. ¿Firmarías un certificado afirmando que has revisado cada palmo, por recóndito que sea? Aquí pasa lo mismo: como no he visto ni extraterrestres, ni ovnis, ni fantasmas ni dioses, no existen. ¿Las psicofonías o las evidencias captadas por pilotos de las fuerzas aéreas? Eso son montajes, para meterle cosas raras a la gente y atontarlos con cosas de fantasmas, alienígenas y religiones. Claro, hay mucho fraude. La experiencia y el interés en estos temas son un grado a la hora de desenmascararlos. No concibo a un piloto de combate a los mandos de un caza F-18 editando un vídeo para hacernos creer que ha captado un ovni. Repito que lo más sensato es decir que no lo sabemos, formularemos nuestras teorías o no y… ningún mindundi o experto venga a decirte «no puedes pensar eso». Así que, al hablar de vida inteligente, más allá de nuestra visión antropocentrista, deberíamos considerar que ninguna sonda, ningún telescopio, ha examinado cada palmo del universo. Ni siquiera sabemos si el universo tiene límites, si tuvo un principio o tendrá un final. ¿Y lo que captó la cámara del F-18? Podrá ser incluso un aparato de construcción humana, o no. Todo objeto volador no tiene por qué tener forma de avión, dron, o helicóptero. Por eso, es lo sensato decir que no lo sabemos. Y a la frase del ya difunto astrofísico, astrobiólogo, cosmólogo y etc., Carl Sagan o, también atribuida al astrónomo Martin Rees, me remito: «La ausencia de evidencia no es la evidencia de ausencia».

Hagamos un esfuerzo y pongámonos en el supuesto de que existen. Quizá incluya mi aprensión a la mayoría de los políticos. Se tiene la creencia de que, si los aliens se presentan ante nosotros, lo harán a través de los gobiernos; que solo estos pueden establecer el contacto. Y es que estos políticos tienen el estatus para tamaño honor y el pueblo somos la mierdecilla e indignos ante estos seres superiores. De ahí surge la teoría que vendrán a colonizarlos, que se aliarán con los gobiernos o los suplantarán, etc. Volvemos al antropocentrismo que surgió en el Renacimiento y del cual aún no hemos salido. De los innumerables planetas que habrá en el universo —y me refiero solo a los que reúnan condiciones favorables para la vida— los extraterrestres mostrarían interés en nuestra Tierra, en nuestros supergobiernos y en nosotros los humanos. Claro que sí…

Pero lo más sensato de todo, son los testimonios —y algunos con pruebas— de personas que atestiguan experiencias de este tipo. Ahí volvemos a «como yo no lo he visto y puede ser un fraude, es mentira». Vuelvo a lo mismo: no lo sabemos. Desde mi experiencia puedo hablar de otra gran pregunta y, relacionada, como es el dualismo de cuerpo y alma, por tanto, la vida más allá de la muerte. De mis experiencias con… digamos lo insólito, ya iré hablando poco a poco. Y no son pocas, ni me ocurren una vez cada… Hace unos días y, como de costumbre, capta mi atención, observo en busca de una explicación lógica, no la encuentro y vuelvo a lo mío. Bueno, ¿explicación lógica? Puede ser un detalle para considerar el que esté maquinando un futuro libro y, en ese momento, me acordase de mis abuelos fallecidos porque esa historia tendrá mucha relación con ellos. Me ocurrió desayunando en la terraza del bar. Si le llega a ocurrir a otra persona habría pegado el bote, todo encima de la mesa a tomar viento y se habría marcado un simpa porque no habría vuelto. Ya digo que estoy muy acostumbrado. De hecho, estas experiencias me inspiran para escribir terror; ni qué decir, mi afición por el misterio. A lo que voy: yo sé lo que he visto, lo que he escuchado y lo que he sentido. Siento que suene borde, pero lo demostraré si quiero o cuando vea la necesidad. Quien quiera creerlo bien y, quien no, pues tendrá sus razones y las respetaré.

Venga, os cuento lo que me pasó: el cuenquecito de tomate se movió. Tampoco es que saliera disparado, fue nada. Comprobé si la mesa estaba algo inclinada —que no lo estaba— y si tuvo algo que ver un poquito de aceite derramado bajo el recipiente. Menos voy a mentir cuando daba la casualidad de que estaba pensando en mis difuntos abuelos; lo que supondría una falta de respeto, algo ilógico. ¿Pudo ser producto de mi imaginación? Por eso lo más acertado es dejarlo como inconcluyente; ni afirmarlo ni negarlo. Vi lo que vi y ya está.

Con la religión me ocurre algo similar. Me he criado en una familia católica y desde que tengo uso de razón tengo tal creencia. Hay un pasaje del Evangelio en el que Jesús se aparece a sus discípulos y creen que en verdad ha resucitado. Más tarde llega el apóstol Tomás, pero no queda muy convencido. Jesús le ofrece la prueba y le permite que toque sus llagas y así desengañarse. Entonces concluye: «Porque me has visto, Tomás, creíste: bienaventurados los que no vieron y creyeron». Eso es la fe, no solo del cristianismo, sino de la totalidad de religiones; amén de la existencia del alma, de vida inteligente más allá de las estrellas; de lo que aquí tratamos. Me remitiré a tres de varias experiencias. Le tengo mucha devoción a la virgen de la Paz de Córdoba. Le pedí por una amiga que daba por suspenso un examen —éramos compañeros de clase— y aprobó. Un verano fue a la playa, cogió una insolación y ya sabréis que trae consigo fiebres y dolores a causa de las quemaduras de segundo grado. Volví a acudir a la virgen y en nada se recuperó. El día de antes del examen de conducir de mi amigo, acudí de nuevo y mi amigo aprobó. ¿Que lo creáis o no? Debe de haber diversidad de opiniones. Si tú crees en algo, es porque así lo has decidido o porque tengas tus razones, pero nunca, como se le atribuye, precisamente, a las religiones, porque nadie te lo imponga. Y no hay por qué demostrarlo si no quieres. Como decía, tú sabes lo que has visto, lo que has oído, lo que has sentido, a la conclusión a la que has llegado.

Hasta dentro de siete días, amigos.

domingo, 30 de julio de 2023

"El Principito": la evidencia de las miserias humanas

 


En este 2023 se conmemora el 80 aniversario de este clásico, fruto de la pluma del aviador Antoine de Saint-Exupéry. Le tenía el ojo echado desde hacía tiempo. Años atrás, mis amigos de Facebook compartían las celebres frases que marcaron la diferencia en esta obra. He de reconocer que tenía el prejuicio: un libro infantil a mi treintena.

Con tanta publicidad en relación con esta efemérides y después de leerme otros clásicos infantiles como "Las mil y una noches" y parte de la antología de Hans Christian Andersen —por otro boom del año, como es el estreno de la nueva película de "La Sirenita"—, lo preocupante para un amante de la lectura es no estar abierto a leer de todo. Pienso que hay que leer, no condicionado por tus inclinaciones, sino con los ojos de la inocencia. La inocencia y, cómo la perdemos conforme crecemos, es la premisa de El Principito. Por cierto, casa muy bien con la lectura de la semana pasada: "Rebelión en la granja".

La que nos ocupa comienza con la experiencia del propio autor que, como un personaje más, se ve en el desierto del Sáhara, junto a su avión siniestrado, preparándose para morir de inanición si no consigue reparar antes el aparato. También cae del cielo el Principito. Inocente aquel niño de rizos dorados, curiosea y le pregunta al pobre aviador por todo cuanto ve en este planeta de personas grandes y raras. Personas que prefieren las cifras a detenerse a valorar la esencia de las cosas. El aviador, como humano, reconoció su planeta como el asteroide B-612; la típica nomenclatura insulsa que no dice nada.

El Principito da a conocer su vida en e espacio. En su planeta se dedica a deshollinar los tres volcanes y se sienta en el tercero, el inactivo. Le pide al aviador que le dibuje un cordero para que le ayude en su tarea de limpiar las semillas de los indeseables baobabs. Solo es un dibujo, pero aquí la imaginación es poderosa y trasciende más allá del papel. Le aviador le advierte que el cordero podría comerse una rosa, por muchas espinas que tuviera. El niño le habla de su amada, precisamente, una rosa que, a pesar de su vanidad, la quiere con sus más y sus menos e incluso la protege de las agresiones externas. Le coloca un biombo para que le no le azote el viento y a veces la encierra en una cúpula de cristal. La misma rosa se disculpa por su actitud y anima al Principito a salir de ese planeta y explorar otros. Le mueve el deseo de encontrar un rincón en el universo en el que presenciar varias puestas de sol a la vez.

En el primero se encuentra a un rey que, según se describe, es un monarca absoluto. El Principito lo pone evidencia. El planeta es tan pequeño que no cabe nadie más. Pero este rey, autoritario él, afirma que le obedecen hasta las estrellas. Ordena al Principito que le obedezca en todo y el niño se le resiste. El rey desesperado, evidenciada su autoridad, comienza a agasajarle con cargos de ministro o embajador. El Principito lo abandona, no sin antes dejar al rey pensativo ante una autoridad fruto de una ilusión que se había creado, y marcha a otro planeta. En el segundo se encuentra con un vanidoso. El Principito lo llamaba, pero el hombre parecía no escucharlo. Hablaba solo, porque también era el único habitante de su planeta, y se halagaba a sí mismo. De hecho, no escuchaba nada que no fueran palabras de elogio hacia su persona. El niño se compadeció de él y marchó al tercer planeta. Allí se encontró con un hombre, colección de botellas vacías y otras tantas llenas al frente. Estaba ebrio y triste. El Principito inquirió en por qué bebía para olvidar, pero este pobre no le dio muchos argumentos y se limitaba a decirle que porque sí. El niño también se compadeció y marchó al cuarto planeta. Aquí aparece uno de mis favoritos: un hombre de negocios que era feliz contando las estrellas que, según él, acumulaba y poseía; le hicieron rico. El Principito le preguntó por el sentido que tenía poseer quinientos millones de estrellas si no podía hacer nada con ellas. El avaro se ensimismó que de esa forma podía decir que era rico y eso le hacia feliz. El Principito no lo comprendía y, como los anteriores, se apiadó de él y marchó al siguiente planeta. Este era tan pequeño que el día duraba minutos. El único habitante, un farolero, estaba rendido ya que a cada minuto debía apagar y encender la farola. El Principito creyó que era el más cuerdo de todos con los que se topó en los otros planetas. Le ayudó. El farolero debía andar sin parar, dando vueltas y vueltas a ese mundo, para así perseguir el sol y evitar la noche, con lo que nunca tendría que encender y apagar la farola. Se apiadó de él, aunque verdaderamente entristecido porque ese farolero era un buen hombre y esclavo de su trabajo, y marchó al sexto planeta. Allí encontró a un geógrafo. El Principito dio por hecho que sabría dónde se encontraban los ríos, los mares, las montañas y las ciudades de su planeta, pero el geógrafo no lo sabía y afirmaba que ese no era su trabajo sino el de los exploradores. Él tenía un estatus como para recorrerse el mundo en busca de accidentes geográficos. Los súbditos se dirigían a él y, si eran de confianza, si no bebían —pues un ebrio ve montañas dobles y las contaría mal—, prueba en mano como una piedra de esa montaña, el geógrafo dejaría constancia del descubrimiento. Y fue allí donde el anciano le habló al niño del planeta Tierra.

El Principito aterrizó en el desierto del Sáhara, en Egipto, en concreto. Cuando esperaba ver gente, ciudades, bosques… se decepcionó al no encontrar más que arena y, la única muestra de vida, una serpiente. Esta dio testimonio que todo eso existía, pero muy lejos de donde se encontraban y además le previno de los detestables humanos. Por detestables la serpiente les mordía y los mataba.

El Principito anduvo y le preguntó a una flor por los humanos, pero ella aseguró que no vio a ninguno desde hacía años. Coronó la cima de un montaña con la esperanza de divisar toda la Tierra, pero se decepcionó aún más. Solo escuchaba su propio eco y creía que eran humanos burlándose de él. Más se decepcionó al verse en un jardín de rosas, pues comprobó que su amada no era la única en todo el universo. Ser la única era lo que la hacía especial para el Principito.

El Principito se creía especial al poseer la única rosa de todo el universo y ser un deshollinador de volcanes. Lloró y un zorro, el cual no se acercaba a nadie porque para ello debía ser domesticado, le preguntó qué le pasaba. El animal le repuso que su rosa era única, porque lo era para él y con eso bastaba; que el Principito domesticó a su rosa y por eso tendía a protegerla. Al zorro le cayó bien este niño y quiso ser domesticado. Pero no de cualquier forma, sino que le dio ciertas pautas como volver todos los días a las cuatro de la tarde y cada día acercarse un poco más. Pero al Principito no le gustó que nadie dependiera de él y abandonó al zorro.

Se encontró con un guardagujas. Los rápidos pasaban tan veloces que hacían temblar la caseta. El Principito le preguntó que por qué abandonaban sus lugares de origen, que a dónde iban y qué buscaban en ese destino. El guardagujas no tenía respuesta para esas preguntas. El Principito lo abandonó, como hiciera desde ese primero, el rey autoritario que no tenía a nadie sobre quien reinar. Por el camino se encontró con un vendedor que, según él, sus píldoras erradicaban la sed de la gente, con el beneficio de ganar ciento cincuenta y tres minutos a la semana. El Principito le preguntó que por qué eso iba a ser un beneficio. No terminó de comprender que para que tuvieran más tiempo libre. El niño pensó que utilizaría esos ciento cincuenta y tres minutos para buscar una fuente, precisamente, para beber agua. Como un absurdo más, lo abandonó y al fin se encontró con el aviador.

Es aquí donde ambos ponen el énfasis en el poder la imaginación; en lo esencial que es invisible a los ojos. Si el mundo te desagrada, puedes imaginarte uno mejor. Esa imaginación que con la edad se va perdiendo. Ese mundo de colores y simple —pero eso más feliz—, que las personas grandes vamos complicando. ¿No es absurdo? Hasta el punto en el que nos complicamos, nos centramos en cifras, en contar estrellas cuando eso no vale para nada y, después de todo, esperamos al meteorito que nos extinga porque el mundo es un lugar insulso e incluso hostil. Me llamó la atención y me ha gustado la forma en la que el Principito pone en evidencia a esa gente grande y muy rara, según él y según muchos. Si queremos un mundo mejor (o no, nuestras propias vidas) deberíamos empezar por verlo todo con más inocencia, no ahogarnos en los problemas cuando todo, si no tiene solución, se puede plantear. El mundo y nuestras vidas serán según el color del que lo veamos. Recordar que todos una vez fuimos niños, lo cual añoramos porque éramos más felices, nos ayudará a recobrar todo lo que perdimos con el devenir de los años. ¿Qué hay de malo en ser niños grandes? El pasado lunes disfruté como un enano con el regreso del Grand Prix y las audiencias hablaron; amén de comentarios en redes de otros nostálgicos. Mañana lunes espero el siguiente programa que, como muchos, nos recuerda a ese tiempo pasado que siempre fue mejor, en compañía de los abuelos que siguen ahí o ya no están. ¿Y que un adulto lea un libro infantil? Según mi experiencia, lo he encontrado enriquecedor al leerlo con crítica, sin olvidar la inocencia del niño que llevo dentro y espero nunca olvidar. El reencontraros con la infancia, nunca comprometerá la madurez, sino que la complementará y la reforzará.

Hasta dentro de siete días, amigos.