Si algo nos une a los milenarios, más allá
del misterio, es el sentimiento de comunidad en cuanto a lo humano. Una de las
muchas facetas de Iker que nos atrae es su naturalidad. En este periodo
vacacional nos ha trasladado la crónica más personal. Quiero destacar una foto
que compartió en Instagram del obelisco de Montecitorio de Roma. Me llamó la
atención un comentario de @algotienequecambiarya que reclamaba la atención del
Iker más cercano y humano. En el comentario no especificaba a qué se refería,
pero, intuición o no, imaginaba que se trataba de alguien al frente de una obra
solidaria y solo uno con el corazón de piedra podría dejarlo pasar.
Ella es Lidia, una luchadora al
frente de las mal llamadas «enfermedades invisibles»: fibromialgia en grado
severo, encefalomielitis miálgica grave/síndrome de fatiga crónica y
sensibilidad química múltiple. Quise conocerla mejor porque ya de entrada supe
que tenía mucho que aportar. Quién no es feliz y se siente pleno cuando ama su
trabajo; en su caso, en el sector de la producción audiovisual: festivales,
conciertos y radio. Y qué injusta es la vida cuando, de pronto, te da un
toquecito con lo que empieza con un signo, un síntoma, un brote a priori sin
mayor transcendencia. Al principio sientes una molestia al roce con la piel, el
sabor de los alimentos se vuelve insoportable por su intensidad o coges el vaso
y se te cae. A todos nos ocurre que se nos escurre algo de las manos y decimos
«¡qué torpeza!». Pero cuando ello te obliga a dejar tu trabajo, ves que
comienza a repercutir en tu vida cotidiana, saltan las alarmas pero es normal
que no puedas creerlo, llegar a una conclusión cuanto menos dura. Al ver estos
casos en otra personas pensamos que a nosotros no nos va a tocar, y si acaso los
más temerosos cruzan los dedos o tocan madera.
Acudes al médico —ojo que no englobemos a
todos— y como no presentas signos visibles no se acoge a más pruebas que el
propio testimonio del paciente. Imagina que hasta el roce del agua te provoca tal
dolor, que pareciera que te ducharas con ácido. Eso lo explicas en la consulta,
pero, según el método científico, más que la palabra, son las pruebas las
únicas que pueden demostrar una teoría. Esta es la dureza o crudeza. El médico
te puede creer o no. Del conocimiento que tenga acerca de estas enfermedades
invisibles depende. Hay algo curioso: se les da un nombre y sin embargo parece
que no se avanza o no hay mucho interés en investigar, lo que conllevaría a un
posible tratamiento o, mejor aún, cura. ¿No se parece un poco al propio
misterio? «Como algo no se puede probar, como todo lo que es invisible a los
ojos, se duda se su existencia». ¿Qué pruebas, replicar en un laboratorio de
acuerdo con las pautas establecidas en el método científico? Creo que no solo
su palabra ya constituye una evidencia, sino fotos y vídeos —como los que
nuestra protagonista comparte en sus redes— donde muestra los efectos de la
hipersensibilidad y cómo influye en su vida cotidiana. Reitero que solo alguien
con el corazón de piedra miraría hacia otra parte; máxime quienes pueden hacer
algo más que dar visibilidad y apoyo: investigar. Y por supuesto, empezando por
los políticos. Son los gobiernos los que reparten nuestro dinero público. Que
está muy bien que tal ministerio costee campañas publicitarias para tal motivo;
pero antes prefiero que ese dinero se destine a formación y sensibilización
dirigida a sanitarios, investigación, tratamiento y mantenimiento de una
sanidad pública al menos decente. Y de fondos privados, nos olvidamos. Cierta
leyenda dice que la cura contra el cáncer se descubrió hace mucho, pero habría
tanta demanda que no saldría a cuenta. Como dijo cierto ejecutivo de un gigante
farmacéutico: «No creamos medicamentos para indios, sino para gente que puedan pagarlo».
¿Recalcamos que estas enfermedades nos pueden tocar a todos: buenos y malos,
ricos y pobres?
Quién no se ha hecho la pregunta: «¿Si me
tocara la lotería?». «Haría un crucero por las Bahamas, atracaría en Puerto
Banús mi yate y viviría en mi chalet de Ibiza». Yo también he ensoñado, y
seré un bicho raro porque mi ilusión fuera dedicarme a la filantropía.
Sería más feliz con una fundación, por ejemplo, dedicada a la investigación por
las enfermedades invisibles y enfermedades raras o al fomento de la cultura hacia
quienes no tienen acceso a ella. Mientras tanto, poniendo los pies sobre la
tierra, al menos uno se contenta con poder aportar lo que esté en su mano. Me
gusta escribir y dibujar y, pudiendo, lo utilizo para denunciar un tema de interés
general, ofrecer apoyo o el mero entretenimiento que te hace desconectar de las
vicisitudes del día en el caso de la ficción.
Vicisitudes
del día a día… Y nosotros preocupados porque este me ha dicho, esta me ha
hecho, los elevados precios de tal… Ojo: no hay que negar la importancia. Si me
sensibilizo por lo que aquí se trata, aparte del corazón blando de un servidor,
es también por mi vocación profesional enfocada en el ámbito sanitario. Se me
quedó grabado el consejo de mi profesor —y psicólogo— Apoyo Psicológico al
Paciente, cuando cursé Auxiliar de Enfermería: «Cuando me vengo abajo, ahogado
por los problemas, hago una visita a la planta de oncología infantil».
No vengo a hablar de Rubiales... porque ya
nos hemos enterado. Sobra decir que opino igual que la inmensa mayoría —aunque
he visto comentarios en redes aplaudiendo a este… individuo—. Pienso que montar el
circo mediático de siempre, transgrede el límite entre el apoyo y la falta de
respeto. Más lamento que ese protagonismo no se le haya dado a la
propia victoria de la selección; tampoco vimos el pasado domingo banderas en
los balcones, gente en las fuentes y una caravana de coches pitando. Pero a lo
que vamos. El tema del beso no consentido me hizo recordar un aspecto de la
nueva película de "La sirenita". Como era de esperar, también envuelta en
polémica. En la película original de 1989, el cangrejo Sebastian incita a un
indeciso príncipe Erik que quiere besar a Ariel, pero, como en toda escena romántica
que se tercie, se corta. En el presente remake se adaptó la letra de la canción
para que el príncipe le pida permiso antes de lanzarse; obtenga el
consentimiento. Creo que de por sí deberíamos de saber lo que es ético y lo que
no; aunque uno ve las noticias y puntualiza que nunca está de más recordarlo. Pero
hubo un pequeño detalle que me chirrió: es la bruja Úrsula (la
villana) quien prevé a Erik. ¿Entonces la villana siente compasión y protege a
Ariel para que no se incomode por un beso no consentido? ¡Es que estamos hablando
de la villana! ¡Qué hace la mala dando buenos consejos!
A raíz de la película descubrí que tuvo su
origen en un cuento de Hans Christian Andersen. En lugar de una entrada de cine
opté por una antología de este escritor ("La reina de las nieves y otros cuentos") en la que se incluía "La sirenita".
Como todos los demás, el cuento original me fascinó. No creo que vaya a hacer
mucho spoiler de una obra clásica como esta, así que señalo la moraleja:
El príncipe se casa con la otra y le rompe el corazón a la Sirenita (que por cierto, en el cuento no tiene nombre y Ariel fue una licencia más de la "Casa del Ratón") la bruja
del mar, en alianza con las hermanas de la protagonista, deshacer el encantamiento
y salvarle la vida; una vida que continuaría como sirena. Para ello debía matar
al príncipe de una puñalada en el corazón. En el último momento se apiada y,
antes que convertirse en una asesina, sacrifica su vida. Su cuerpo se convierte
en espuma de mar y su alma asciende, aunque su espíritu de sirena no puede entrar
al cielo, por el momento. Los otros espíritus le dicen que por cada niño que se
porte bien y, mejor, si hace buenas obras, contribuirá a que la Sirenita se
vaya transformando en un espíritu humano y pueda descansar para siempre.
Es la moraleja que se repetía en la
mayoría de los cuentos escritos del S. XIX para atrás: el niño que debe
portarse bien. Hay algo que llama la atención y es que antes no había mucho
filtro. Si a su personaje favorito lo despedazaba un lobo —y contando con todo
lujo de detalles: sangre, vísceras…— el niño de aquella época tampoco es que se fuera a
traumatizar. Para ellos suponía leer un cuento de miedo; lo que le enseñaba a
reconocer el peligro y evitarlo. Y si conocéis o leéis "Las mil y una noches",
ya apaga y vámonos. Lo que hace Simbad el Marino para salir de la cueva, en nuestros días impensable.
Se comprende que en un par de siglos a los
niños no se les educa igual. Y leerles los cuentos originales ni hablar. Pero si renunciábamos a ellos, había que ir adaptándolos a los nuevos
tiempos. Aunque creo que a menudo se pasan de la raya y las adaptaciones o reinterpretaciones, como se le llama ahora, van más allá de licencias creativas.
Aquí quiero llegar. Hace no mucho leí un artículo acerca de una serie sobre Sisi.
El productor quiso alejarse de la fidelidad y recrearse en esas licencias…
aunque creo que ahí sí que se pasó o quizá sea yo el que deba adaptarse a esta nueva corriente. La serie comenzaba con Sisi
manteniendo… relaciones. Aunque esta emperatriz no procede de un personaje literario,
pero vayamos cogiendo el concepto: cojo algo con cierto renombre, reescribo la
historia como me parece y lo lanzo con mi autoría. Y, en caso de haber derechos
de autor, si ya vencieron tengo carta libre. La inmensa mayoría de las películas de
Disney, habidas y por haber, son eso: adaptaciones —menos o más desfiguradas—
de cuentos escritos en su época. Y claro, es que no es lo mismo vender tu obra
titulada "El pato que tenía conjuntivitis", que no la conoce nadie, a
lanzar tu versión a "Hamlet". Es de dominio público por lo que le puedes
meter lo que quieras y es un clásico (famosa), por lo que vas a vender mucho más que la Conjuntivitis. ¡Vas a ganar mucho más! Oye, pues estoy pensando:
voy a escribir una novela sobre un churrero al que le cierran el negocio y
emprende un viaje para recuperarlo y la voy a titular "La Ilíada". ¿Y qué
tiene que ver el clásico de la literatura universal? El churrero se llama
Homero. Si con ese título voy a vender, precisamente, como churros; eso es lo
que único que me importa.
A pocos autores les agradan que les
modifiquen sus obras. Se puede comprender alguna licencia del director de cine turno y, casos contados. Fue sonado el cabreo que pilló Stephen King con Santely
Kubric por las diferencias respecto al libro en la película "El resplandor".
Cuando algo se presenta de dudosa moralidad siempre me remito a «¿Te gustaría
que te lo hicieran a ti?». Esa pregunta podemos extrapolarla a cualquier otro aspecto.
Pero aún hay algo más serio. Hablamos de
la censura; máxime cuando el autor ya no está entre nosotros para defender su
obra y, si los derechos siguen vigentes, no hemos visto a muchos herederos
rechazando el maletín repleto de fajos de verdes. Parece que esto es nuevo,
aunque recuerda a la inquisición; los libros prohibidos también condenados a la hoguera. Volvimos a verlo el año pasado con la quema de
cómics de "Tintín" porque en Canadá colectivos de nativos se ofendieron. Después
llegó el veto en las bibliotecas de EE.UU. Pasamos este año a revisar en busca de simples palabrotas, términos considerados ofensivos o que de algún modo no encajen en nuestra época. Ya no hablamos de niños a los
que les pueda impactar o traumatizar; libros para adultos. En mi opinión creo que el censor, al que imaginamos tachando con el boli rojo como si fuera Ned Flanders, no distingue la ficción
de la realidad o piensa que el lector no va a distinguirla. Pongamos un
supuesto: lees novela negra y no falta el crimen. No por eso cuando salgas a la
calle te vas a cargar al primero que encuentres. Claro, alguien en su sano
juicio. Stephen King retiró del mercado el primer libro que escribió porque
trataba de una matanza en una escuela y a un psicópata le sirvió sirvió de inspiración para perpetrar
otra en la realidad. Por eso recalco que exceptuando casos.
Sin hablar de obras de teatro canceladas o lecturas conjuntas, entre la lista de los «revisados»: Roald
Dahl con "Charlie y la fábrica de chocolate" o la clásica "Matilda",
Ian Fleming y la saga del famoso Agente 007. También, como los anteriores, de
los ya fallecidos, me llamó la atención el caso de los libros de Agatha Christie.
En especial "Muerte en el Nilo" porque me lo leí poco antes de conocer esta noticia. De entre
eliminaciones de pasajes enteros, reemplazo de ciertos términos, topé con algo
y dije ¡no puede ser! Hay una escena en la que un personaje gruñón está en una
piscina de Mallorca con su madre igual de antipática. A este personaje le
repelen los niños. Yo siempre pienso que el lector no es tonto y sabrá que es
un personaje de ficción y no tiene por qué ofender. Pues el nuevo personaje "revisado" adora a los niños. Volvemos al principio: el villano o la villana
debe hacer cosas malas y debe ofender; si fuera bueno no sería el villano.
Que haya que explicarlo… Eso es lo que me
ofende o, más bien, preocupa de cara al futuro: la generación de cristal, como
la llaman. Y ya no hablamos de los niños, sino de influir en la mentalidad de
los adultos. A nadie le agrada sufrir cuando se esfuerza o se enfrenta a las
dificultades, pero es necesario para crecer, madurar. ¿Qué sería de nosotros si
nos mimaran?, ¿si nos hacen creer que pensar desgasta el cerebro? o ¿si tienen que venir a decirnos qué debe ofendernos y qué no?, ¿lo que es peor o mejor para nosotros? ¿Si
nos acostumbramos a que nos lo den todo hecho? ¿Dejar que alguien piense por
nosotros en detrimento de nuestra capacidad de crítica?
Ante todo, recomiendo leerlo con la música del vídeo de fondo. Para que no se os corte en mitad de la lectura, ponedlo en bucle. De hecho, es lo que hago y, sin este tema de Pink Floyd, no me saldrían estas reflexiones. Al fin y al cabo, están inspiradas en las del cierre de Cuarto Milenio. La experiencia será mayor y encontraréis el efecto deseado.
Y ahora sí, adelante:
Mis
amigas nunca dejarán de sorprenderme. En el ámbito de la literatura es conocido
el «muestra, no cuentes», por eso quiero que sean los ejemplos los que hablen:
Esta
semana, una de estas superheroínas fue a trabajar —hasta ahí normal— aunque
tuvo que lidiar con unos dolores. Si no puedes más, sueles avisar a tus
superiores y, si se compadecen, como mínimo te auxiliarán. Y aún así, cuando
nos encontramos mal, la cara descompuesta ya supone una señal de alerta. Pero
mi amiga, como la inmensa mayoría de los terrícolas, necesita el trabajo y ve
la posibilidad de causar buena imagen de cara a futuros contratos. De caras y
buena imagen hablamos. Se maquilló para que no descubrieran su malestar y no
comprometer a la empresa. Ya digo que nunca dejan de sorprenderme. No supe cómo
reaccionar ni qué decir, más allá de trasmitirle ánimos y desear que el mundo
conociera tal hazaña digna de una superheroína.
Aquí
el primer ejemplo entre muchos. Hablo de la misma persona que, convaleciente de
una operación, se le soltaron los puntos porque tenía que cuidar de su pequeño.
La misma que, con fiebres altas, se subió a una silla para limpiar los
altillos. Bueno, no es que enferme a menudo, tiene buena salud como toda
persona sana y joven. Aunque, si la salud causa estragos es porque no lleva la
vida acomodada de una marquesa. De llevar, lleva trabajo, coche para arriba
coche para abajo, contabilidad, familia, casa, no descuida a sus amistades y
aún saca tiempo para estudiar. Yo cursé lo mismo en su época, con la diferencia
de contar con el tiempo necesario para preparar los exámenes y llevar las
tareas al día. Ella debe hacerlo por la noche. Y no hablamos de un par de
horitas después de cenar. Le dan las tres o las cuatro de la mañana, apenas
duerme otras tantas y el instituto no lo tiene a la vuelta de la esquina. Debe
echarse a la carretera y recorrer más de veinte kilómetros. Con suerte le da
tiempo a almorzar algo rápido… "con suerte". Porque debe afrontar un día
más en el que, para ella y muchas como ella, 24 horas se quedan cortas. Y
después de todo, asume que no hace más que cumplir con su deber. No todo es
pesimista. Por la parte buena, su motivación es su familia a la que refiero
como modélica. Entre sus padres, abuelos, tíos, primos y cuñados, tiene un
marido al que refiero como ángel en la tierra. Es un gran amigo, más que un
hermano, no encuentro calificativo. Del fruto de dos ángeles, no puede más que
nacer otro ángel. Su hijo, que ya va siendo un hombrecito, tampoco deja de
sorprenderme. Su madre dice que encuentra en el que siempre será su peque, esa
fuerza que necesita para seguir afrontando esos días que, reitero, superan con
creces las 24 horas. Y también reitero que los ejemplos hablan por sí solos. En
esa convalecencia, en lo poco que pudo guardar cama, él era pequeño y quería
jugar con su madre. El misterio es cómo a su corta edad lo comprendió. Le
preguntó «¿Pupa, mami?». Ella le respondió: «Sí, hijo, mami tiene pupa». «Que
te mejores, mami». Le besó la mano y se retiró para dejarla descansar.
A la siguiente superheroína le ocurrió algo similar en el trabajo. También,
recién empezó, ya causó buena imagen desde la entrevista. De hecho, la
entrevistadora le reconoció lo bien que se expresaba. Muchas veces me imagino a
mi amiga en el atril del Congreso y, no creo que cerrara bocas, sino que las
abriría… de asombro. Además de la oratoria tiene un desarrollado sentido
crítico. Puedes mantener una conversación sobre cualquier tema.
Bueno,
en su primer día de trabajo los cambios de temperatura entre el local y el
exterior le acarrearon un resfriado. Y le dio fuerte, porque al día siguiente
le costó la misma vida madrugar para acudir a su segunda jornada. ¿Solo la
jornada? Hizo el favor de aceptar el doblete. Bastante le costó aguantar el
tipo las primeras cuatro horas. El paracetamol no le hacía efecto, pero llegó
como pudo al descanso para el almuerzo. Una vez más a uno le sorprenden. Antes
de tirar con las cuatro horas restantes, aprovechó su descanso para tumbarse en
una camilla y procurar reponerse del malestar general.
No
es la primera vez. Estudiaba un ciclo formativo en una academia y he aquí otro
misterio: ¿De dónde sacó fuerzas para mantenerse en pie cuando estaba a punto
de desmayarse? Y aquello no fue una simple gripe. También asimila que cumple
con su deber. De hecho, me llama la atención la manera de autoanimarse: «Hay
personas que lo pasan peor, como aquellas que padecen enfermedades, hambre o
viven en un país en guerra», dice. Solo alguien empático y fuerte como ella huye
de victimismos y antepone problemas ajenos a los suyos. Sigo hablando con
ejemplos. Ella es de esas personas que, aun tragando lo suyo, visita a una
amiga o a un amigo que también pasa por un mal momento y en lugar de regalarle
el oído le dice: «Ahora mismo vas a abrir la persiana, te vas a levantar de esa
cama y vamos a salir de fiesta». Reconoce que tiene temperamento —yo siempre le
digo que es fuerza— y no es algo de lo que se enorgullezca. Por ella es así de
modesta y humilde. Siempre le digo que ese temperamento es una de sus mayores
virtudes.
Conocemos
los casos de acoso que, en cierto grado, trasciende hacia lo innombrable. Lo
vemos a diario, por desgracia, en noticias o por lo que nos cuentan. En mi caso
empatizo más al sugestionarme si les ocurriera a mis amigas. En mi opinión,
deberíamos reforzar las fortalezas para erradicar las debilidades. Y aquí mi
buena amiga me lo ejemplificó. Era finde, salió con unas amigas a un pub y se
percató que un tipo le hizo una foto. Me lo imaginé en plan machista: «¿Qué me
va a hacer una mujer?». Mi amiga, lejos de llorar, optó por la vía diplomática
y se lo comentó a los porteros. Pero estos no le hicieron mucho caso. Como ella
reconoce, le gusta vestir bien, maquillarse, peinarse, y puede parecer incluso
pija. Así que esta dulce dama se fue para el tío a zanjar el asunto. Lo dejó de
piedra. Y consiguió que borrara las fotos. Además, añadió el detalle al
contármelo: «Y encima me pilló con la "amiga de rojo"».
Y
esa es otra. le gusta hablar claro y, en consecuencia, odia a las personas
falsas. Aspectos considerados tabú, con mi amiga aprendí a normalizarlo. De
hecho, no es necesario detallar que la visita de la "amiga de rojo" es
comparable o peor a gripe o una gastroenteritis. En esos días me intereso por
su estado y le deseo que se mejore. Máxime cuando no puede dejar de trabajar. Con
ella he aprendido muchísimo sobre feminidad. Hasta la fecha, cuando hablamos de
moda, maquillaje y cosméticos, parece que caemos en estereotipos que, como tal,
hay que sesgar. Con mi amiga iba de tiendas y me pedía opinión acerca de unos
pantalones, una camiseta, un bolso, un cinturón y otros complementos. Le daba
mi sincera opinión, ya entiendo sobre moda: «ese no me gusta, con ese tono te
favorece más». Con los cosméticos y el maquillaje igual. Soy un hombre que sabe
lo que es el agua micelar, los labiales semipermanentes gloss que no
resequen o las bases correctoras iluminadoras. Claro que, eso quedaron como recuerdos
de esta amistad que ya va camino de los veinte años. La vida le favoreció en
aspectos como el independizarse. El destino une a las buenas personas y así ocurrió
con su pareja. Entre los dos deben trabajar lo que no está escrito. Su novio
echa unas diez horas y más y, en ella, lo habitual es salir muy temprano y regresar
por la tarde. Cuando mucha gente descansa después del trabajo, aquí esta
superheroína también carga con casa, facturas, es una madraza para su peludo y
aún le quedan fuerzas para atender a los demás. En la actualidad cambió ticket
de la tienda por el de la compra. No es que vea algo en una tienda y
tenga que decirle «hasta nunca», sino que ni siquiera con su pareja ha podido
disfrutar unas mínimas vacaciones porque los ahorros del bote fueron destinados
a esos pagos que, para muchas familias y parejas independizadas, les son
familiares.
Y
con todo eso, saca tiempo para dejarme un corazón en todo lo que publico en
Instagram. Lo que me gustaría es compartir lo que tiene que aportar, tanto en
lo profesional (estética) y aún más en lo personal. Y, por si fuera poco,
compagina su trabajo y también los días de más de 24 horas con estudios. Ya
digo que he aprendido muchísimo de ella, pero, si algo destaco, es el
plantearse un horizonte y dejarte el pellejo, no decaer hasta alcanzarlo.
La
siguiente superheroína también me ha dejado, en no pocas ocasiones, como poco
patidifuso. Esto que voy a contar se lo recuerdo a menudo porque nunca dejará
de sorprenderme. Un día quedamos y esperé en el portal. Me extrañé porque se
demoraba. En un principio pensé que le habría surgido un imprevisto. Cuando
apareció, ella tan correcta que te da las gracias y se disculpa por todo, me
dijo que se quedó encerrada en el ascensor. A pesar de que había movimiento de
albañiles por unas obras en el bloque y pidió auxilio, no se percataron o no
quisieron. Cuando le pregunté «¿cómo has salido?». Me respondió: «He abierto la
puerta a patadas». A mí que me chiflan una las pelis de acción con actrices como
protagonistas, se me vino la imagen de ella, en plan Angelina Jolie, abriendo
una puerta de hierro de ascensor a patadas. Así de fuerte es mi amiga, tanto en
lo muscular como en lo mental. Aunque nunca se lo valora porque ante todo
fortalece de humildad y modestia. Eso fue lo que captó mi atención desde que empezamos
a conocernos, pero más, el descubrir un potencial en discordancia con un
entorno social que la denigraba. Y, aun así, ella sí que era capaz de ver el
fondo en cada persona. Cuando hablamos de no discriminar a los demás, esta
maestra de la vida tiene mucho que enseñarnos.
Para
mí ha sido, es y será, una mentora. Pongo como ejemplo el complicado paso de la
adolescencia a la madurez. Ella también lo experimentaría a la par, pues
tenemos la misma edad, pero, o supo sobrellevarlo de manera magistral o no lo
manifestó. Aunque, más bien creo que ya maduró mucho antes de que nos
conociéramos. Siempre le reconoceré que se tragara esa época en la que me
lamentaba por nada como un crío: «es que no tengo amigos. Es que no tengo quien
salir de fiesta. Es que estoy un sábado por la noche jugando en el ordenador y
no tomando algo» [léase con voz de quejica]. Y ya el clímax llegó cuando
estábamos en un curso, nos mandaron el típico trabajo en una cartulina y a ella
le tocó el tema de la depresión. Le dije que estaba preocupado porque tenía
todos los síntomas. Bueno, fue la época en la que aquel loquillo que creo que
maduró, creó este blog. Por eso renové la imagen y borré entradas que no
correspondían y siempre me odiaré por ello. Y ella no es que te anime como
hacen los amigos, no; te ayuda con toda una sesión de psicoterapia. Analiza tu
problema, busca una solución y actúa junto a ti hasta el final. Aún pasando sus
baches, lo oculta y no te das ni cuenta, a no ser que tenga la confianza como
para contártelo. ¿Sabéis por qué lo llega a hacer incluso con personas de
confianza? Porque lo raro es que pida ayuda. Lo alucinante es que por la mañana
puede encontrarse de bajón y, de pronto, se autoanima, se enfunda los guantes
de boxeo, pelea con los problemas y siempre gana el combate. Ella es indicada
para hablar de personas autosuficientes.
En
el trabajo también se ha procurado una buena imagen. Tanto, que no es que
exagere, es la verdad: se la rifan. Hemos llegado a trabajar juntos y aseguro
que es la perfección personificada. Como muchísimas personas, prioriza labrarse
un futuro. Tanto se ha entregado que, por contar uno de esos ejemplos que
hablan por sí mismos, padeció un cólico nefrítico, cuyo dolor le dio
precisamente en el trabajo. En lugar de pedir la baja se cogió para la
convalecencia los días de vacaciones. Y también debe bregar con el día a día y
sacrificarse. También al hacer la compra debe comparar precios. A menudo le
apetece algún capricho como un aperitivo o una de estas bandejitas de sushi, pero
ese lugar lo ocupa algo tan necesario como el paquete de lentejas, la fruta y
la verdura.
Volvemos
a los estereotipos como son mujer y ámbito doméstico. Y una vez más, que sean
los detalles los que hablen: al regreso del trabajo, en lugar de pillar el sofá
y ver la tele se metía en la cocina y, aquí viene lo increíble, ocupaba todos
los fogones. En un rato hacía la cena, el almuerzo, la cena del día siguiente,
el almuerzo del día siguiente que, además, debía de congelar para que le durase
una semana. Ella también lo toma como una responsabilidad y no se valora a sí
misma por ello. Dicho por ella: «Machismo es no tener libertad para hacer lo
que quieras». Repito: los ejemplos hablan por sí mismos. Y de entre todos, hay
uno que, aunque parezca simple, ese sí que dice y mucho: diez minutos antes de
dormir para ver algún vídeo de YouTube, es el todo el tiempo libre que le queda
al día.
Dicen
que lo peor que les puede pasar a los amigos de los que nos dedicamos a
escribir es convertirse en personajes. En mi caso, no solo lo admito, sino que
se lo dije a las respectivas tres superheroínas. En la ficción son guerreras idealizadas.
En la realidad, lo acabáis de leer. No serán la Mujer Maravilla, Catwoman o Lara
Croft y, aunque de igual forma sacan el coraje para luchar día tras día, los
villanos a los que se enfrentan no son monstruos o el jefe de una mafia, sino
correr para recoger al niño del colegio, destacar en el trabajo y con dolores o
enfrentarte al recibo que el banco te devuelve.
Cada
vez se visibiliza más el concepto de mujer fuerte. De vuelta a la literatura, muchos
autores deben aprender a crear personajes femeninos. Lo que aprendí se lo debo
a estas mentoras. Termino con algo muy curioso: surge un tema de actualidad o
una noticia en relación con mujeres y quiero conocer la opinión de estas amigas.
Pero ellas tienden a cambiar de tema o directamente no me responden. Al
principio me chocaba, pero pronto se me encendió la bombilla. Tiene todo el
sentido. No hace falta decir la respuesta, ¿verdad?